Historia del Aceite






El olivo salvaje, el acebuche, es un elemento característico dentro de las especies que integran la formación del bosque mediterráneo y por lo tanto es común en todo el ámbito mediterráneo europeo y africano, pero su domesticación parece haber acaecido unos 6.000 años antes de Cristo (a.C.) en la zona extendida entre Asia Menor y el Sinaí.

Lo cierto es que el olivo aparece ya como un cultivo de gran importancia en las primeras civilizaciones del Mediterráneo Oriental, quienes lo consideraban como árbol sagrado, símbolo de la sabiduría, de la paz y de la gloria.

Los testimonios más antiguos que refieren la importancia del comercio y uso del aceite en esta época están recogidos en las tablillas de barro de la civilización micénica. Se han encontrado muchas de ellas donde se detallan los usos industriales y alimenticios que le daban en la corte del mítico rey Minos, en los palacios de Gnosos, Pilos, Tebas y Tirinto.

En el Egipto de los faraones, el aceite y el cultivo del olivo no tuvieron tanto éxito. Parece ser que bajo el reinado de Ramsés III se intentó en vano cultivar el olivo. El fracaso obligó al faraón a usar aceite de ricino para el alumbrado y para sus ungüentos, pero, sin embargo, se importó aceite de oliva de Palestina para la alimentación, ofrendas y perfumes. No es de extrañar tampoco que entre las recetas que los egipcios empleaban para su técnica secreta de embalsamamiento de cadáveres, en torno a la cual se ha creado una auténtica leyenda, se encontrara el aceite de oliva.

La Biblia cita infinidad de veces el aceite, tanto en usos religiosos como alimenticios. Basta con repasar una de las historias más famosas del Génesis: la del diluvio. Sabemos que terminado el cataclismo meteorológico, la paloma soltada por el padre de Noé volvió a la gran arca con una rama de olivo en su pico.

En la Grecia clásica hay numerosas muestras que rastrean el cultivo del olivo y el uso del aceite. La técnica del vareo ya se utilizaba, y escenas de vareadores griegos están plasmadas en ánforas decoradas. Para los griegos el olivo era un árbol totémico, sobre todo para los ciudadanos atenienses, puesto que el olivo está en el origen de la fundación de la polis. Hasta la legislación ateniense estableció medidas para su protección.

Plutarco refiere que el gran legislador Solón arbitró medidas favorables para la plantación del olivo y sanciones de cierta dureza para aquellos que durante el año arrancasen más de dos olivos.

Hay escritos que dicen que esta civilización consideraba que la miel era buena para el interior del cuerpo y el aceite para el exterior. Esto podría explicar el uso que se le dio en el cuidado del cuerpo, en el seno de un pueblo que rindió culto al físico sobremanera. Atletas y luchadores se embadurnaban el cuerpo, porque además de ponerlos escurridizos para la práctica de la lucha, les daba brillo a los músculos y flexibilidad. También se usaba para el cabello y para el cuerpo de los niños, costumbres que han soportado muy bien el paso del tiempo. Se atribuye a los hábiles fenicios el haber enseñado a los cultos griegos el uso del aceite como combustible, y la creación de lámparas de barro o bronce, que debieron ser los precursores de los actuales candiles.

Entre los romanos se dan símbolos, usos y costumbres parecidas con el aceite. Desde su utilización para hacer coronas de olivo para los romanos relevantes, hasta la dieta de los campesinos, compuesta por pan, aceite, vino y sal, y su aparición en los primeros libros de cocina.

Pues bien, Andalucía fue ya testigo, unos mil años a.C., del esplendor que alcanzó el aceite entre todas estas viejas civilizaciones de la cuenca mediterránea y el Oriente Próximo.

Los Tartesos (o Turdetania) fueron el primer foco de civilización de Occidente, mientras el resto de España y Europa vivían los coletazos de la Prehistoria. Para el 1.100 a.C., año sobre el que se sitúa el esplendor de esta civilización, los Tirsenos de Asia Menor ya habían fundado, dicen que en el lugar que ocupa ahora el Parque de Doñana, una colonia comercial que le dio nombre a este imperio andaluz que dominaba toda la parte meridional de la Península. Y se da por sentado que ya se conocía el cultivo del olivo en Asia Menor y que de ahí se extendió la práctica, en sucesivas oleadas, por todas las orillas del Mediterráneo.

Se ha establecido la existencia en estos siglos de un dinámico tráfico comercial de una a otra orilla de la cuenca mediterránea.

En sucesivas etapas se cruzaron barcos cargados de aceite entre otras mercancías, de griegos y cretenses con los fenicios,los de éstos con los romanos y, a su vez, con los cartagineses.